Arturo Herrero

El mundo de ayer

El mundo de ayer de Stefan Zweig

Tenía 19 años y estaba estudiando un ciclo formativo de grado superior. Nos llevaron al salón de actos; a partir de aquí los recuerdos se vuelven borrosos. No recuerdo al ponente, tampoco su charla, pero sí recuerdo que en algún momento habló de “un libro maravilloso”: El mundo de ayer: Memorias de un europeo, de Stefan Zweig.

Por aquella época me gustaba ir cada tres o cuatro semanas al Fnac de la calle Preciados en Madrid, y siempre compraba algún libro. Recuerdo coger aquel libro, donde en la portada un hombre de mediana edad dirigía su mirada hacia mí con una ligera sonrisa, ¿me gustaría?

15 años después he vuelto a leer aquel libro que siempre he considerado como el más maravilloso de los libros, y –desde luego– no me ha defraudado. Stefan Zweig describe el mundo de ayer; una mezcla de autobiografía, ensayo y relato histórico: el Imperio austrohúngaro, el sistema de educación y la ética sexual de aquella época, la vida en Viena, Paris durante La Belle Époque, la Primera Guerra Mundial, la hiperinflacción y el auge del nazismo.

Una gran oda al humanismo y a Europa.

Flâneur

[…] Ah, ¡qué fácil y qué bien se vivía en París, sobre todo si uno era joven! El solo vagar por las calles ya era un placer y, a la vez, una lección permanente, porque todo estaba abierto a todos: por ejemplo, se podía entrar en una librería de viejo y hojear libros durante un cuarto de hora sin que el dueño refunfuñara y gruñera; se podía entrar en las pequeñas galerías, ver y tocar en las tiendas de bric-à-brac, gorrear en las subastas del hotel Drouot y charlar con las institutrices en los jardines; no era fácil detenerse cuando uno había empezado a callejear, la calle le atraía a uno como un imán y le mostraba cosas nuevas sin cesar, como un calidoscopio. Cuando uno se cansaba, se podía sentar en la terraza de uno de los diez mil cafés y escribir cartas en el papel que le daban gratis y dejar que los vendedores ambulantes le exhibieran un montón de objetos absurdos e inútiles. Una sola cosa era difícil: quedarse en casa o volver a casa, sobre todo cuando estallaba la primavera, la luz resplandecía plateada y blanda sobre el Sena, los árboles de los bulevares empezaban a espesarse de verde y las muchachas llevaban, prendidos con agujas, ramilletes de violetas a un sou cada uno; pero la verdad es que no hacía falta la primavera para estar de buen humor en París.

El mundo de ayer: Memorias de un europeo, Stefan Zweig.

August 04, 2019 | @ArturoHerrero