Arturo Herrero

Notes

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Cómo hacer filosofía en casa

Cómo viajar con un salmón

Será que la gente ya no soporta la televisión basura, será que en el mundo suceden tantas cosas malas que se siente la necesidad de algunos momentos de reflexión sosegada, pero el caso es que se están multiplicando los lugares y las ocasiones en que la filosofía se ofrece como propuesta al gran público. La del bachillerato, concretamente. Puede llevarse a cabo en un café donde reunirse los domingos, como en París; o mediante vulgarizaciones de fácil lectura; otras veces, convocando a un público enormemente vasto en salas donde los filósofos profesionales discuten. En todo ello está presente la moda y la simplificación mediática, desde luego, pero no hay que pasar por alto este síntoma. Así pues, se me ocurre proponer algunas sugerencias para los no especialistas, incluso para aquellos que no estudiaron filosofía en el bachillerato, o para aquellos que fueron a algún sitio a oír hablar a los presuntos filósofos y no entendieron nada. A todos ellos les aconsejo el camino más sencillo: leer lo que han escrito los verdaderos filósofos.

La filosofía no siempre debe presentarse como algo fácil, a veces tiene que ser difícil, pero no está dicho en ningún lado que para filosofar haya que hablar difícil. En filosofía, la dificultad del lenguaje no es señal ni de calidad ni de perversidad, a menudo depende del problema que se encara. Hay obras maestras de la filosofía que han cambiado nuestra forma de ser y de pensar, y que son inevitablemente difíciles, así que no invitaré a nadie que no sea un especialista a leerse la Metafísica o el Órganon de Aristóteles, la Crítica de la razón pura o ese libro sublime pero abstruso que es la Ética de Spinoza. Claro que también hay filósofos que han sabido hablar de manera accesible; y a menudo son los mismos que en otras obras han hablado de forma inaccesible. Así pues, me limitaré a aconsejar unos cuantos libritos (cada uno tendrá, de promedio, un centenar de páginas) en los que se aprecia que es posible filosofar sin usar demasiados términos técnicos.

Empecemos por Platón. Yo propondría el Critón, donde se aprende cómo y por qué un ciudadano no debe escapar de la observancia de las leyes (llámese Sócrates o Silvio) y, pasando a Aristóteles, la Poética. Olvidad que habla de la tragedia clásica. Leedlo como si nos describiera cómo se hace una novela negra o una película del Oeste. Nuestro hombre ya entendió todo eso que más de dos mil años después entenderían Hitchcock o John Ford. A continuación, leed el De magistro de san Agustín: habla de cómo se le habla a un hijo de temas de todos los días. Un librito genial por su sencillez y agudeza.

Aun siendo como soy un amante de la Edad Media, me resulta difícil aconsejar un texto de la gran época escolástica, porque unas pocas páginas, leídas fuera de su contexto sistemático, pueden confundirnos. Saltemos el foso, el estrictamente filosófico, y orientemos a nuestro lector hacia el epistolario (amoroso, en efecto) de Abelardo y Eloísa. No esperéis demasiado sexo, pero vale la pena.

Para el Renacimiento, podemos probar con la Oración acerca de la dignidad del hombre de Pico della Mirandola. Y luego (pero solo en forma de antología, que las hay) algún pasaje de los Ensayos de Montaigne. Sienta bien en dosis homeopáticas. Inmediatamente después, el Discurso del método de Descartes, ejemplar por su claridad, y a continuación una antología de los pensamientos de Pascal. Y, por último, un filósofo que escribía como si estuviera hablando después de cenar con sus amigos, culto y sensato, el John Locke del Ensayo sobre el entendimiento humano. La obra entera se hace larga, pero yo diría que podemos limitarnos al tercer libro, el que está dedicado al uso que hacemos de las palabras. Igual que en el caso de Aristóteles, leedlo como si Locke nos hablara de los discursos de hoy, comparad sus observaciones con las primeras planas de los periódicos y con los debates televisivos de nuestros días.

Para la Ilustración, me limitaría por ahora al Cándido de Voltaire; al fin y al cabo, se trata de una novelita, y muy agradable. El siglo XIX es un mal bicho, se trata de libracos difíciles, aunque solo nosotros, los italianos, no consideramos el Zibaldone de Leopardi una obra de alta filosofía. Recientemente, en Francia, lo han recuperado con inmenso respeto. Aquí también avanzaremos mediante antológicos, una paginita o dos por la noche antes de dormirnos. O bien puedo haceros una propuesta provocadora. Visto que Kant es por definición demasiado exigente, salgámosle al encuentro allá donde, para redondear su sueldo, daba clases a los estudiantes sobre temas en los que no estaba especializado, y se mostraba gracioso, extravagante, capaz de contar anécdotas y de expresar opiniones incluso paradójicas: es decir, leamos sus Lecciones de antropología. Puede que el título infunda respeto, pero el texto es digno de aparecer en un semanario de gran prestigio.

¿Y luego? Pues luego, como el espacio de esta columna se ha acabado, tendré que dejar de lado a los contemporáneos. A no ser que queráis saborear, saltando de aquí para allá, algunas de las observaciones de Wittgenstein en sus (no dejéis que el título os asuste) Investigaciones filosóficas. De vez en cuando diréis que estaba loco. Sí, estaba loco. Pero menudo loco.

(2004)

Cómo viajar con un salmón, Umberto Eco.

October 10, 2021 | @ArturoHerrero